Durante los últimos años, el discurso sobre innovación en Chile ha estado dominado por conceptos que ya forman parte del lenguaje cotidiano: startups, emprendimiento, transferencia tecnológica, innovación abierta, venture capital o Empresas de Base Científico-Tecnológica (EBCT). Sin embargo, cuando esa conversación se traslada desde Santiago hacia regiones, aparece una pregunta mucho más profunda: ¿qué necesita realmente un territorio para convertir el conocimiento que produce en desarrollo económico sostenible?
La respuesta no está únicamente en disponer de más fondos concursables, crear nuevas incubadoras o aumentar la cantidad de emprendimientos. Tampoco está exclusivamente en desarrollar mejores tecnologías. El principal desafío del Biobío es otro: construir confianza entre quienes generan conocimiento, quienes toman decisiones en la industria y quienes tienen la capacidad de invertir en innovación.
Esa conclusión aparece con fuerza en el reciente estudio Emprendimientos que mueven industrias: Brechas, oportunidades y caminos de crecimiento en el Biobío, desarrollado por Endeavor. Más que evidenciar una falta de talento o capacidades tecnológicas, el estudio revela una paradoja que debería interpelarnos como región: contamos con universidades de excelencia, centros de investigación consolidados, un ecosistema emprendedor reconocido a nivel nacional y una base industrial única en Chile, pero seguimos teniendo enormes dificultades para convertir esas ventajas en negocios escalables y en nuevas empresas que transformen nuestra matriz productiva.
El problema, entonces, no es la ausencia de ciencia, tampoco la falta de emprendedores. El problema es la distancia que aún existe entre ambos mundos.
Durante décadas, Biobío fue uno de los principales motores productivos del país. Su desarrollo forestal, pesquero, siderúrgico, energético y manufacturero permitió construir capacidades técnicas difíciles de encontrar en otras zonas de Chile. Hoy, sin embargo, esos mismos sectores enfrentan transformaciones profundas derivadas de la digitalización, la automatización, la sostenibilidad ambiental, la inteligencia artificial y la necesidad permanente de aumentar productividad.
Las industrias tradicionales necesitan innovar y los startups necesitan industrias donde validar.
En teoría, ambas necesidades deberían encontrarse de manera natural, pero en la práctica eso ocurre mucho menos de lo que imaginamos. Y precisamente allí aparece uno de los desafíos más relevantes para Biobío: construir mecanismos que permitan reducir el riesgo percibido entre quienes ofrecen innovación y quienes podrían adoptarla.
En este contexto, espacios de encuentro como Potencia EBCT adquieren un significado mucho más profundo que el de un simple evento. Con frecuencia tendemos a evaluar este tipo de iniciativas por indicadores inmediatos: número de asistentes, cantidad de charlas, expositores invitados o cobertura comunicacional. Son métricas necesarias, pero insuficientes.
Su verdadero impacto ocurre después…
Ocurre cuando un gerente conoce por primera vez una tecnología desarrollada a pocos kilómetros de su empresa o cuando un investigador descubre que su conocimiento puede resolver un problema industrial concreto.
Ninguna de esas conversaciones garantiza un negocio inmediato. Pero todas ellas construyen algo mucho más valioso: capital relacional.
Y el capital relacional es probablemente el recurso más escaso de cualquier ecosistema de innovación.

